Decía el Papa Pablo VI, de feliz memoria, en su carta encíclica “El culto a María”, que “en la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de Él” (MC 25). Sabemos que su condición de mujer llena de gracia, bendita, especialmente como madre, discípula, creyente, inmaculada, asunta, virgen… todo ello depende de su Hijo amado. Y que, en la piedad mariana, esto debe hacerse presente, para llegar al pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta alcanzar la medida de le edad de la plenitud de Cristo (Ef 4,13).
En efecto, Ella es la llena de gracia gracias a Cristo. Es madre gracias a Cristo. Es bendita entre las mujeres, por ser la madre del Señor, en Ella el Señor ha hecho maravillas, se ha fijado Dios, para hacerla su sierva. Es discípula, porque es las más perfecta seguidora de su Hijo. Recién embarazada, va en busca de Isabel y le lleva a su Hijo; con José se encamina a Belén para tener a su Hijo.
Los pastores la encuentran con su Hijo Niño en el pesebre; los magos la encuentran también con su pequeño Jesús. Ella medita en torno a los primeros pasos de la infancia de su Hijo, lo busca en Jerusalén cuando se pierde; constantemente la vemos en los Evangelios buscándolo, siguiéndolo discretamente… En Caná pide a los sirvientes “hagan lo que Él (Jesús) les diga…” (Mc 3,31-35; Jn 2,5). Finalmente, la vemos siguiendo los últimos pasos de su Hijo hasta el Calvario, donde está al pie de la cruz… (Jn 19,25-27). Todo esto lo encontramos en los Evangelios, en especial, los de la infancia de Jesús (Mt 2; Lc 2), donde María siempre se presenta estrechamente unida a Cristo. Pero nunca como meta o centro de la fe.
Nos indica la meta
Como vemos, María es la que mejor nos indica que la meta es Cristo y no Ella, porque Ella es lo suficientemente madura, sencilla y humilde para nunca ponerse en el centro. Ella nos lleva a Cristo. Para muestra, un botón: toda vez que la celebramos, lo hacemos con la Eucaristía, que es Cristo, el centro, la fuente y el culmen de nuestra vida cristiana. Todos los santuarios marianos del mundo, incluido el nuestro en Cartago, tienen diríamos, dos columnas fundamentales: la Eucaristía y María.
María es contemplada en estrecha unión con su Hijo, asociada a Él, en toda comunidad que la celebra eucarísticamente. Lo expresa hermosamente San Efrén, diácono de Siria: “La Iglesia nos ha dado el pan vivo, en lugar del ázimo que había ofrecido Egipto; María nos ha dado el pan que conforta, en lugar del pan que cansa que nos dio Eva”. Y ese pan vivo, sabemos que es Cristo Eucaristía.
Que no se nos olvide al primero que debemos tener en cuenta a Cristo nuestro Redentor. Él es la meta, la razón fundamental de la fe, el primero que tenemos que buscar, adorar y bendecir, con las mismas actitudes evangélicas de su Madre.
Aún más, esto lo vemos en la devoción del Santo Rosario, que es una plegaria eminentemente cristocéntrica, pues la alabanza a María tiene su fundamento en Jesús, en quien termina toda alabanza. Las alabanzas a ella dirigidas quieren proclamar fundamentalmente y con todo rigor, la fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Alabando a María alabamos a Cristo, porque Jesucristo constituye el objeto central del Rosario, porque en los misterios gozosos, se le ruega en su vida escondida; en los luminosos, en su vida pública, en los dolorosos, en su pasión y muerte, y en los gloriosos, en su resurrección y glorificación participada a su Madre y a la Iglesia.
ASI EN SILENCIO MARIA FUE CAMINANDO CON EL SALVADOR PARA SER ELLA LA INTERSESORA NUESTRA BASTA RECORDAR EN LAS BODAS DE CANAN, CUANDO ELLA LE PIDE A JESUS SU AYUDA, MARIA LA HUMILDE DE CORAZON QUE SUPO GUARDAR SU DOLOR ( LAS ESPADAS QUE ATRAVEZARON SU CORAZON ), MARIA SIEMPRE ATENTA, SIEMPRE MADRE, SIEMPRE INTERSESORA.
""Proclama mi alma la grandeza del Señor (1Sam 2,1) se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador (Hab 3,18) porque ha mirado la humillación de su esclava (1Sam 1,11). Desde ahora me felicitarán todas las generaciones (Gén 30,13) porque el Poderoso ha heho obras grandes por mí: su nombre es santo (Sal 111,9) y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación (Sal 103, 13.17) Él hace proeza con su brazo (Sal 89,11) dispersa a los soberbios de corazón (2Sam 22,28) derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes (Job 5,11; 12,19) a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos (1Sam 2,5; Sal 107,9) Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia (Is 41,8; Sal 98,3) como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre (Gén 12,3; 13,15; 17,7; 22,17; Miq 7,20)